miércoles, 1 de agosto de 2012

EZLN: UNA ESTRATEGIA DE RESISTENCIA LIBERTARIA (Versión preliminar para exposición oral) Si hay algo que de entrada distingue al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) del conjunto de corrientes y organizaciones políticas que se identifican con las izquierdas, es sin duda su capacidad de vencer la inmediatez, de no dejarse atrapar por las necesidades apremiantes, reaccionando a los acontecimientos que se imponen día a día, sino que -sin alejarse de los mismos- se plantea siempre una visión que los procesa y redimensiona (que los gobierna) conforme a sus objetivos de mediano y larzo plazo. Esto es, la capacidad de decidir cómo y cuándo participar en la coyuntura, de situarse en la perspectiva, en el período largo, respondiendo al ahora, pero desde el ayer y con el mañana invariablemente en la mira. Esta es una virtud del EZLN que ha levantado muchas polémicas e irritaciones en torno a su pretendido desapego respecto a los procesos políticos nacionales e internacionales y hasta acusaciones de abandono de la política, de despolitización de sus prácticas sociales e incluso ¡localismo! Y no solamente cuando, en determinados momentos, y a veces por largos periodos, se ha refugiado en un silencio que siempre resulta ensordecedor, sino también cuando utiliza la palabra para plantear sus críticas, sus ironías, sus análisis y propuestas. “La palabra como arma y el silencio como estrategia”, enfatiza el subcomandante Marcos[1], pero ni el silencio ni la palabra resultan convincentes en un medio político en que las ideas que articulan las palabras se deslavan y los contornos y colores de las ideologías y banderías políticas de difuminan hasta confundirse y desaparecer, dando lugar a una opacidad indiferenciada de partidos y corrientes, mimetizados en visiones y prácticas hasta volverse lo mismo. Menos el silencio, cuando la política ya no es sino mediática y las movilizaciones se remplazan por el ruido en los medios electrónicos, por el escándalo mediático que imprima notoriedad a partidos, organizaciones sociales y civiles y sus omnipresentes y muy maquillados, impostados, voceros. Frente a un pragmatismo desbocado que determina al conjunto de organizaciones políticas de izquierda (y no sólo) concentradas en la conquista de espacios institucionales, de cargos y representaciones formales que potencien los intereses de sus aparatos partidarios (y su clase política), retomar el horizonte en los términos de los zapatistas, planteándose construir un camino de resistencia que vaya más allá, en la búsqueda de la autoorganización y la autonomía de las organizaciones, comunidades y pueblos, de “las sociedades civiles”, como dicen, representa la posibilidad de formular, de perseguir una estrategia de carácter libertario. Contra quienes consideran que el EZLN carece de ideas y propuestas, de análisis políticos, que pudieran contribuir al debate teórico de la izquierda y los movimientos sociales, refundiéndolo como un proyecto meramente moral, considero que ha podido realizar –a través de numerosos comunicados, textos, iniciativas y prácticas– una lectura de la realidad nacional e incluso internacional que no solamente ha conbribuido a introducir la perspectiva de los movimientos indios, sino que ha permitido arreglar los relojes y las brújulas de la izquierda, completamente atrofiados por el electoralismo, el pragmatismo y la desilusión por la caída de los regímenes del socialismo real y el aparente triunfo irrefrenable del neoliberalismo, del capitalismo y la nueva dominación imperial capitalista cristalizada en Estados Unidos. Reintroduciendo los debates sobre la resistencia y la lucha por la autonomía del movimiento social frente al poder, en la perspectiva de la democracia y la justicia, del autogobierno, la autogestión y la igualdad, el EZLN plantea las bases para una estrategia de liberación que se asienta en el reconocimiento de la diversidad, la pluralidad, la tolerancia. Rechaza todo vanguardismo y universalismo, precisamente porque parte de la necesidad de teorizar las experiencias y tradiciones de cada quien, en las condiciones concretas que no pueden dejar de ser singulares, específicas, probablemente irrepetibles. Para los zapatistas, la teoría no puede resultar sino de la práctica, lo que implica diversidad de situaciones, de condiciones, de momentos, de periodos, de formas[2]. Por supuesto que esta visión ha llevado a críticas sobre el pretendido “localismo” del EZLN o su negativa a asumir realmente la dimensión y alcance generales de toda reflexión teórica. Pero, en realidad, de ninguna manera se niega a la reflexión teórica, sino que pone por delante prevenciones sobre el esquematismo, las generalizaciones forzadas y las imitaciones acríticas que matan toda teoría y cualquier práctica política independiente. Sus planteamientos tienen, de hecho, la virtud de retomar el sentido realmente revolucionario de la teoría de dirigirse no solamente a la crítica, al análisis, sino básicamente a la transformación de la propia realidad: “Al señalar y analizar, al discutir y polemizar, no sólo lo hacemos para saber qué ocurre y entenderlo, sino también, y sobre todo, para tratar de transformarlo”[3]. Lo cierto es que los zapatistas no han dejado de proponer e implementar iniciativas políticas que, a su vez, permitieron organizar debates y reuniones sobre distintas cuestiones que han permitido enriquecer las opciones teóricas y políticas (e incluso culturales) de la izquierda. A nivel nacional, de México, por supuesto, pero no han faltado las propuestas que siempre rebasan las débiles y estrechas fronteras nacionales para alcanzar de más en más movimientos, corrientes y organizaciones políticas y sociales claramente sumadas a la búsqueda de alternativas de izquierda en la defensa de la Humanidad y en la lucha contra el neoliberalismo. En este sentido, sus propuestas engarzan teoría y práctica, contribuyen a la reflexión teórica y el debate colectivo, al tiempo que coadyuvan a la recomposición y reorganización de la izquierda y el movimiento social. Hay que revisar al detalle los numerosos tomos en que se han convertido los innumerables comunicados –y particularmente los aportes de más largo aliento del sup Marcos– para descubrir elementos que parten del conocimiento profundo de la vida concreta de las comunidades zapatistas de Chiapas, que se desplazan por la historia y los rasgos de los pueblos indios de México, pero que no dejan de articularse con los procesos más generales que atraviesan la realidad mexicana y, más todavía, el mundo. De entrada, cuando los zapatistas apuntan a la lucha en defensa de la Humanidad y contra el neoliberalismo, se están insertando (se entienden) en un proceso de resistencia global de búsquedas y construcción de alternativas políticas e ideológicas claramente ancladas a la izquierda del espectro político mundial. El neoliberalismo, la guerra, el imperio, la mundialización de la economía y de las luchas, la crisis de las democracias, el Estado y el poder, los partidos, la clase política, pueden resultar para muchos temas extraños o irrevelantes en un discurso que proviene de las entrañas de la Selva Lacandona, pero precisamente muestran el enorme alcance y la dimensión teórica que han logrado en forma inesperada la rebelión de los indios mexicanos y su lucha por la autonomía, sus derechos y su cultura en tanto pueblos originarios. Más aún si escudriñamos los comunicados con una lectura crítica en busca de la visión del EZLN sobre el desarrolo de los procesos político-sociales mexicanos, las coyunturas, los actores políticos, las instituciones en crisis y los posibles desenlaces. Y cuando de habla de dimensión teórica del aporte zapatista, no hay que considerar exclusivamente el discurso y las propuestas específicas del EZLN, particularmente del subcomandante Marcos. Hace falta acudir a la reflexión, a la elaboración, a la investigación, al debate que han suscitado en México y en muchos países; lo mismo en medios académicos e intelectuales que en los círculos de la izquierda y la extrema izquierda, en el terreno del movimiento social planetario. Libros, artículos, documentos, sitios de internet, seminarios, reuniones académicas y políticas, un poco por todas partes y no solamente en las montañas del sureste mexicano, revelan una amplia resonancia del zapatismo, lo que por supuesto no hay que confundir con las ideas de éste último. Pero la densidad del aporte político y teórico del EZLN y del movimiento zapatista se nutre de muchas y muy diferentes voces y perspectivas, las que confluyen en la brega en pos de “un mundo donde quepan muchos mundos”[4] Para nada los zapatistas se consideran ni precursores ni representantes del vasto movimiento altermundialista, pero no cabe duda que su papel ha sido fundamental para relanzar debates y reflexiones prácticamente abandonados ante el avance del pensamiento único, el desencanto y el pragmatismo universal de las izquierdas. Más todavía, para actualizar las posibilidades prácticas de la resistencia, la recomposición y la construcción de alternativas desde el punto de vista de los oprimidos, explotados, excluidos y abandonados del planeta. En suma, para resituar en la orden del día la persecusión de la utopía que parece significar hoy la lucha por la democracia, la libertad, la justicia y la igualdad, cuestiones centrales redimensionadas por la revuelta del EZLN y las comunidades zapatistas. Tal vez una de las contribuciones de los zapatistas que vale la pena destacar es la necesidad de avisorar la resistencia desde una perspectiva de largo plazo, esto es desde una concepción estratégica. Vital, pues precisamente el conjunto de los partidos de izquierda se encuentra atrapado por la inercia de la inmediatez, del tacticismo elemental, unilateral, monocromático, dirigido a la conquista de espacios de representación institucionales de pretendido (o real) poder –incluso gobiernos nacionales o locales–- dónde poner en práctica, con su mejor empeño, las políticas neoliberales de la derecha capitalista. La estrategia política del EZLN puede discernirse partiendo de lo que hoy es, de sus vínculos con “las sociedades civiles”, remontando toda la densidad de su historia, su enraizamiento en las comunidades, la transfiguración de sus concepciones teórico-políticas por el choque con la vida de los pueblos indios, recorriendo entonces el camino que abre, que construye, la tendencia, el rumbo hacia el mañana que avista desde ahora un mundo muy otro, plural, igualitario, democrático. Esto es, frente a lo que algunos descubren como estrecho, localista, de poco alcance (reformismo sin reformas), incluso “tradicionalista” (con lo que se quiere remitir a la añoranza por el ayer) observo que los zapatistas no sólo vienen de lejos (500 años de resistencia, insisten), sino que miran muy adelante. Avanzan hacia un horizonte de cambio, de transformaciones materiales y culturales, que involucran la existencia entera de las comunidades, la vida colectiva, es decir la política, de entrada obviamente de las comunidades zapatistas, de Chiapas, pero que para nada recaen en una visión aislacionista o localista. En lo que hoy es, se prefigura lo que el EZLN será. La visión de los “islotes” planteada recientemente por Marcos[5], para referirse a los Caracoles y Juntas de Buen Gobierno (JBG) zapatistas, propone el camino de construcción de “espacios de resistencia” que pueden brotar por todas partes como posibilidades de explorar formas de resistencia y lucha que vayan transformando las condiciones y relaciones sociales de manera autónoma, autogestionaria, sin pretensiones de marcar un rumbo único, una concepción generalizable, pero sí en el ánimo de no esperar a que se pueda realizar la revolución universal sino dar pasos para intentar el despropósito (como acostumbran decir) de contruir desde ahora el nuevo mundo igualitario, en el terreno y como vía de resistencia. ¿Cómo si no, comenzar a modificar las relaciones de fuerza del todo adversas? ¿Cómo del repliegue, del acorralamiento en que estamos todos por doquier en el mundo, podremos derribar barreras, saltar cercos y prepararnos para estar en condiciones de revertir la relación de fuerzas y vencer a un enemigo omnipotente y avasallador? En fin, el viejo debate de cómo arribar y llevar adelante la Revolución (con mayúscula), el trastocamiento del muy viejo pero imponente mundo que nos jerarquiza, explota, segrega, excluye y domina. Y aquí el EZLN se sitúa como rebelde, en resistencia, pero en lucha por un mundo nuevo. Lo anterior, evidentemente, puede (y debe) provocar debates y referencias en torno a distintos momentos y experiencias de la historia del socialismo (del socialismo en un sólo país a la autogestión). Empero, lo importante, lo significativo, a mi parecer, está en el planteamiento del EZLN de ofrecer la posibilidad de conquistar espacios sociales que se acondicionan y potencian como lugares públicos, colectivos, como espacios de resistencia donde pueden ensayarse nuevas prácticas político-sociales, revitalizando el terreno de lo político entendido como el ámbito del pensar, decidir y hacer en colectivo. “Bolsas de resistencia”, islotes de resistencia, de lo que se trata es de la búsqueda de caminos, de opciones, que posibiliten el hacer ahora, el resistir ya, cotidianamente, pero en el camino de una lucha de largo aliento por un nuevo mundo igualitario. La revolución, sin duda, cualquiera que sea la etiqueta, el nombre (el carácter) que se le añada, es verdad que es un tema que no puede dejar de plantearse en una perspectiva de largo plazo, en una visión estratégica de lucha, pero tampoco se le puede sobreponer como antaño en tanto objetivo articulador, pero lejano, inalcanzable. La resistencia no se puede tampoco sobreponer a la revolución,menos sustituirla, pero en cambio considero que el debate debe dirigirse a lo que los zapatistas señalan como caminos a construir y recorrer. Aquí habría que retomar y seguir más de cerca la fundación y desarrollo de los Caracoles y las JBG como intentos de construcción de gobiernos de base, sin burocracias profesionales, profundamente democráticos, en los que la representación cobra sentidos nuevos e inéditos y se reorganizan estructuras políticas y relaciones que devienen igualitarias. Incluso se están viendo obligados experimentar no sólo formas de gobierno efímeras, de rendición de cuentas, de rotación de cargos, etcétera, sino igualmente de aplicación de la legalidad (¡cuál?) en la solución de los conflictos intra y extra comunitarios[6]. Aparte de los debates y elaboraciones estimulados por el EZLN con sus propios aportes y no pocas provocaciones, lo más significativo es que igualmente se ha dirigido a alentar los procesos de resistencia y a reproducir los vínculos entre muy distintos sectores sociales, étnicos, políticos, culturales, etcétera, que atravesando a México, lo desbordan para alcanzar numerosos países. Desde un inicio, cuando la guerra estalló en enero de 1994, los zapatistas se “encontraron” con la sociedad (tan diversa, tan plural, tan tremendamente heterogénea) y se fueron transformando al calor de las relaciones, los vínculos, los intercambios y diálogos. Al hacer ésto, contribuyeron a transformar asimismo a la propia sociedad, a sus sectores sociales más críticos y activos que estaban o entraron igualmente en resistencia. Desde entonces, la estrategia de los zapatistas se encuentra articulada con los intereses, deseos, prácticas y perspectivas de “las sociedades civiles” que lo defendieron de la guerra de exterminio y lo cobijaron. El destino y organización del EZLN se vinculó primero circunstancial y enseguida deliberadamente al de la sociedad, sobre todo de todos aquellos núcleos sociales explotados, oprimidos, discriminados, perseguidos, condenados a la soledad y el abandono. La Marcha por la Dignidad Indígena, la Marcha de los Colores de la Tierra hacia la ciudad de México en el 2001 confirmó, en su largo recorrido en forma de caracol por diversos estados y ciudades mexicanas, la identificación, el compromiso, el vuelco de las “sociedades civiles” hacia los zapatistas, las esperanzas colectivas, mutitudinarias de los mexicanos y muchos visitantes (militantes, activistas, intelectuales) de diversos lugares del mundo por la propuesta novedosa y original del EZLN. De hecho, la estrategia del EZLN se formula y forma parte, ante todo, como los propios zapatistas lo señalan, de la organización de los pueblos[7], en su obrar para la construcción de su autonomía y de su autogobierno. Es una estrategia de resistencia duradera que se concibe y estructura como alternativa efectiva de organización de la sociedad y del establecimiento de nuevas relaciones sociales igualitarias y solidarias sin jerarquías ni mandos verticales. Obviamente parte y se realiza en las comunidades zapatistas bases de apoyo del EZLN, pero resulta estrecho y empobrecedor considerar que se trata únicamente de una propuesta o concepción local, regional, ni siquiera con el alcance de una perspectiva de carácter nacional. Los zapatistas, al contrario, se han preocupado por propugnar y estimular una perspectiva que se dirige a estructurar y hacer avanzar la autonomía, la autogestión y el autogobierno como formas de dar cauce a una nueva manera de pensar y hacer la política. Desde el principio, su crítica de la política institucional de las democracias realmente existentes (procedimentales, excluyentes, profesionales, retóricas) fue invariablemente acompañada de planteamientos sobre la necesidad de otra política, la política del oprimido, diría yo. Una política que se va construyendo bajo muy diversas vías por muchos lugares y para la que los zapatistas simplemente incorporan, ponen a consideración su propuesta, su experiencia. Política, por lo demás, que no puede sino descansar en la reactualización y reproducción de las solidaridades colectivas de los de abajo, siempre presentes, renovable, cambiantes, incluso cuando han sido disgregadas por la acción del neoliberalismo y sus jefes. Es justamente una de sus contribuciones más profundas y decisivas y, curiosamente, más incomprendidas y tergiversadas, interpretada incluso por algunos como despolitización, como abandono de la política y no como un intento de transformarla, de redefinirla, de restablecerle su sentido original ligado a la participación de la gente, de los ciudadanos titulares de derechos individuales, pero igualmente con identidades muy diversas y derechos colectivos específicos o generales irrenunciables, si bien menguados, socavados invariablemente por los de arriba y por los de enmedio (los partidos políticos, los representantes de todo pelaje). Donde se ve contradicción, incongruencia, los zapatistas observan y proponen articulación, conjunción, combinación. En el fondo, la estrategia política de los zapatistas consiste en construir no sólo los caminos de las resistencias múltiples que permitan transformar desde abajo la relación de fuerzas de por sí adversa, en la lucha por la defensa de la Humanidad amenazada por la dominación imperial reconstituida y contra el neoliberalismo que nadie pone en duda que es la cara actual del capitalismo. Pero, asimismo, la estrategia parte de una concepción libertaria que se sostiene en la lucha por la democracia radical, las libertades individuales y colectivas, la justicia y la igualdad y, sobre todo, en la construcción de las autonomías, la autogestión y el autogobierno de las comunidades y los pueblos, de las propias naciones amenazadas de extinción por el nuevo colonialismo que garantiza el orden mundial dominado por Estados Unidos. La estrategia política del EZLN, en fin, al construirse en caminos que atraviesan las distintas “sociedades civiles” (y yo precisaría: los sectores más críticos y en resistencia de la sociedad), contribuye a construir su legitimidad y la legitimidad del movimiento conociéndose y reconociendo al otro, su medio, las condiciones nacionales e internacionales, involucrándose, formando parte, añadiendo el hombro. Una estrategia libertaria, rebelde, que somete a crítica el mundo opresivo, discriminante y racista, un mundo segregador y excluyente, totalitario, destructivo y devastador, como una forma de ir construyendo como alternativa un mundo plural, solidario, igualitario, donde quepan muchas diversidades, otros mundos igualmente dignos y solidarios.

EZLN: UNA ESTRATEGIA DE RESISTENCIA LIBERTARIA (Versión preliminar para exposición oral) Si hay algo que de entrada distingue al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) del conjunto de corrientes y organizaciones políticas que se identifican con las izquierdas, es sin duda su capacidad de vencer la inmediatez, de no dejarse atrapar por las necesidades apremiantes, reaccionando a los acontecimientos que se imponen día a día, sino que -sin alejarse de los mismos- se plantea siempre una visión que los procesa y redimensiona (que los gobierna) conforme a sus objetivos de mediano y larzo plazo. Esto es, la capacidad de decidir cómo y cuándo participar en la coyuntura, de situarse en la perspectiva, en el período largo, respondiendo al ahora, pero desde el ayer y con el mañana invariablemente en la mira. Esta es una virtud del EZLN que ha levantado muchas polémicas e irritaciones en torno a su pretendido desapego respecto a los procesos políticos nacionales e internacionales y hasta acusaciones de abandono de la política, de despolitización de sus prácticas sociales e incluso ¡localismo! Y no solamente cuando, en determinados momentos, y a veces por largos periodos, se ha refugiado en un silencio que siempre resulta ensordecedor, sino también cuando utiliza la palabra para plantear sus críticas, sus ironías, sus análisis y propuestas. “La palabra como arma y el silencio como estrategia”, enfatiza el subcomandante Marcos[1], pero ni el silencio ni la palabra resultan convincentes en un medio político en que las ideas que articulan las palabras se deslavan y los contornos y colores de las ideologías y banderías políticas de difuminan hasta confundirse y desaparecer, dando lugar a una opacidad indiferenciada de partidos y corrientes, mimetizados en visiones y prácticas hasta volverse lo mismo. Menos el silencio, cuando la política ya no es sino mediática y las movilizaciones se remplazan por el ruido en los medios electrónicos, por el escándalo mediático que imprima notoriedad a partidos, organizaciones sociales y civiles y sus omnipresentes y muy maquillados, impostados, voceros. Frente a un pragmatismo desbocado que determina al conjunto de organizaciones políticas de izquierda (y no sólo) concentradas en la conquista de espacios institucionales, de cargos y representaciones formales que potencien los intereses de sus aparatos partidarios (y su clase política), retomar el horizonte en los términos de los zapatistas, planteándose construir un camino de resistencia que vaya más allá, en la búsqueda de la autoorganización y la autonomía de las organizaciones, comunidades y pueblos, de “las sociedades civiles”, como dicen, representa la posibilidad de formular, de perseguir una estrategia de carácter libertario. Contra quienes consideran que el EZLN carece de ideas y propuestas, de análisis políticos, que pudieran contribuir al debate teórico de la izquierda y los movimientos sociales, refundiéndolo como un proyecto meramente moral, considero que ha podido realizar –a través de numerosos comunicados, textos, iniciativas y prácticas– una lectura de la realidad nacional e incluso internacional que no solamente ha conbribuido a introducir la perspectiva de los movimientos indios, sino que ha permitido arreglar los relojes y las brújulas de la izquierda, completamente atrofiados por el electoralismo, el pragmatismo y la desilusión por la caída de los regímenes del socialismo real y el aparente triunfo irrefrenable del neoliberalismo, del capitalismo y la nueva dominación imperial capitalista cristalizada en Estados Unidos. Reintroduciendo los debates sobre la resistencia y la lucha por la autonomía del movimiento social frente al poder, en la perspectiva de la democracia y la justicia, del autogobierno, la autogestión y la igualdad, el EZLN plantea las bases para una estrategia de liberación que se asienta en el reconocimiento de la diversidad, la pluralidad, la tolerancia. Rechaza todo vanguardismo y universalismo, precisamente porque parte de la necesidad de teorizar las experiencias y tradiciones de cada quien, en las condiciones concretas que no pueden dejar de ser singulares, específicas, probablemente irrepetibles. Para los zapatistas, la teoría no puede resultar sino de la práctica, lo que implica diversidad de situaciones, de condiciones, de momentos, de periodos, de formas[2]. Por supuesto que esta visión ha llevado a críticas sobre el pretendido “localismo” del EZLN o su negativa a asumir realmente la dimensión y alcance generales de toda reflexión teórica. Pero, en realidad, de ninguna manera se niega a la reflexión teórica, sino que pone por delante prevenciones sobre el esquematismo, las generalizaciones forzadas y las imitaciones acríticas que matan toda teoría y cualquier práctica política independiente. Sus planteamientos tienen, de hecho, la virtud de retomar el sentido realmente revolucionario de la teoría de dirigirse no solamente a la crítica, al análisis, sino básicamente a la transformación de la propia realidad: “Al señalar y analizar, al discutir y polemizar, no sólo lo hacemos para saber qué ocurre y entenderlo, sino también, y sobre todo, para tratar de transformarlo”[3]. Lo cierto es que los zapatistas no han dejado de proponer e implementar iniciativas políticas que, a su vez, permitieron organizar debates y reuniones sobre distintas cuestiones que han permitido enriquecer las opciones teóricas y políticas (e incluso culturales) de la izquierda. A nivel nacional, de México, por supuesto, pero no han faltado las propuestas que siempre rebasan las débiles y estrechas fronteras nacionales para alcanzar de más en más movimientos, corrientes y organizaciones políticas y sociales claramente sumadas a la búsqueda de alternativas de izquierda en la defensa de la Humanidad y en la lucha contra el neoliberalismo. En este sentido, sus propuestas engarzan teoría y práctica, contribuyen a la reflexión teórica y el debate colectivo, al tiempo que coadyuvan a la recomposición y reorganización de la izquierda y el movimiento social. Hay que revisar al detalle los numerosos tomos en que se han convertido los innumerables comunicados –y particularmente los aportes de más largo aliento del sup Marcos– para descubrir elementos que parten del conocimiento profundo de la vida concreta de las comunidades zapatistas de Chiapas, que se desplazan por la historia y los rasgos de los pueblos indios de México, pero que no dejan de articularse con los procesos más generales que atraviesan la realidad mexicana y, más todavía, el mundo. De entrada, cuando los zapatistas apuntan a la lucha en defensa de la Humanidad y contra el neoliberalismo, se están insertando (se entienden) en un proceso de resistencia global de búsquedas y construcción de alternativas políticas e ideológicas claramente ancladas a la izquierda del espectro político mundial. El neoliberalismo, la guerra, el imperio, la mundialización de la economía y de las luchas, la crisis de las democracias, el Estado y el poder, los partidos, la clase política, pueden resultar para muchos temas extraños o irrevelantes en un discurso que proviene de las entrañas de la Selva Lacandona, pero precisamente muestran el enorme alcance y la dimensión teórica que han logrado en forma inesperada la rebelión de los indios mexicanos y su lucha por la autonomía, sus derechos y su cultura en tanto pueblos originarios. Más aún si escudriñamos los comunicados con una lectura crítica en busca de la visión del EZLN sobre el desarrolo de los procesos político-sociales mexicanos, las coyunturas, los actores políticos, las instituciones en crisis y los posibles desenlaces. Y cuando de habla de dimensión teórica del aporte zapatista, no hay que considerar exclusivamente el discurso y las propuestas específicas del EZLN, particularmente del subcomandante Marcos. Hace falta acudir a la reflexión, a la elaboración, a la investigación, al debate que han suscitado en México y en muchos países; lo mismo en medios académicos e intelectuales que en los círculos de la izquierda y la extrema izquierda, en el terreno del movimiento social planetario. Libros, artículos, documentos, sitios de internet, seminarios, reuniones académicas y políticas, un poco por todas partes y no solamente en las montañas del sureste mexicano, revelan una amplia resonancia del zapatismo, lo que por supuesto no hay que confundir con las ideas de éste último. Pero la densidad del aporte político y teórico del EZLN y del movimiento zapatista se nutre de muchas y muy diferentes voces y perspectivas, las que confluyen en la brega en pos de “un mundo donde quepan muchos mundos”[4] Para nada los zapatistas se consideran ni precursores ni representantes del vasto movimiento altermundialista, pero no cabe duda que su papel ha sido fundamental para relanzar debates y reflexiones prácticamente abandonados ante el avance del pensamiento único, el desencanto y el pragmatismo universal de las izquierdas. Más todavía, para actualizar las posibilidades prácticas de la resistencia, la recomposición y la construcción de alternativas desde el punto de vista de los oprimidos, explotados, excluidos y abandonados del planeta. En suma, para resituar en la orden del día la persecusión de la utopía que parece significar hoy la lucha por la democracia, la libertad, la justicia y la igualdad, cuestiones centrales redimensionadas por la revuelta del EZLN y las comunidades zapatistas. Tal vez una de las contribuciones de los zapatistas que vale la pena destacar es la necesidad de avisorar la resistencia desde una perspectiva de largo plazo, esto es desde una concepción estratégica. Vital, pues precisamente el conjunto de los partidos de izquierda se encuentra atrapado por la inercia de la inmediatez, del tacticismo elemental, unilateral, monocromático, dirigido a la conquista de espacios de representación institucionales de pretendido (o real) poder –incluso gobiernos nacionales o locales–- dónde poner en práctica, con su mejor empeño, las políticas neoliberales de la derecha capitalista. La estrategia política del EZLN puede discernirse partiendo de lo que hoy es, de sus vínculos con “las sociedades civiles”, remontando toda la densidad de su historia, su enraizamiento en las comunidades, la transfiguración de sus concepciones teórico-políticas por el choque con la vida de los pueblos indios, recorriendo entonces el camino que abre, que construye, la tendencia, el rumbo hacia el mañana que avista desde ahora un mundo muy otro, plural, igualitario, democrático. Esto es, frente a lo que algunos descubren como estrecho, localista, de poco alcance (reformismo sin reformas), incluso “tradicionalista” (con lo que se quiere remitir a la añoranza por el ayer) observo que los zapatistas no sólo vienen de lejos (500 años de resistencia, insisten), sino que miran muy adelante. Avanzan hacia un horizonte de cambio, de transformaciones materiales y culturales, que involucran la existencia entera de las comunidades, la vida colectiva, es decir la política, de entrada obviamente de las comunidades zapatistas, de Chiapas, pero que para nada recaen en una visión aislacionista o localista. En lo que hoy es, se prefigura lo que el EZLN será. La visión de los “islotes” planteada recientemente por Marcos[5], para referirse a los Caracoles y Juntas de Buen Gobierno (JBG) zapatistas, propone el camino de construcción de “espacios de resistencia” que pueden brotar por todas partes como posibilidades de explorar formas de resistencia y lucha que vayan transformando las condiciones y relaciones sociales de manera autónoma, autogestionaria, sin pretensiones de marcar un rumbo único, una concepción generalizable, pero sí en el ánimo de no esperar a que se pueda realizar la revolución universal sino dar pasos para intentar el despropósito (como acostumbran decir) de contruir desde ahora el nuevo mundo igualitario, en el terreno y como vía de resistencia. ¿Cómo si no, comenzar a modificar las relaciones de fuerza del todo adversas? ¿Cómo del repliegue, del acorralamiento en que estamos todos por doquier en el mundo, podremos derribar barreras, saltar cercos y prepararnos para estar en condiciones de revertir la relación de fuerzas y vencer a un enemigo omnipotente y avasallador? En fin, el viejo debate de cómo arribar y llevar adelante la Revolución (con mayúscula), el trastocamiento del muy viejo pero imponente mundo que nos jerarquiza, explota, segrega, excluye y domina. Y aquí el EZLN se sitúa como rebelde, en resistencia, pero en lucha por un mundo nuevo. Lo anterior, evidentemente, puede (y debe) provocar debates y referencias en torno a distintos momentos y experiencias de la historia del socialismo (del socialismo en un sólo país a la autogestión). Empero, lo importante, lo significativo, a mi parecer, está en el planteamiento del EZLN de ofrecer la posibilidad de conquistar espacios sociales que se acondicionan y potencian como lugares públicos, colectivos, como espacios de resistencia donde pueden ensayarse nuevas prácticas político-sociales, revitalizando el terreno de lo político entendido como el ámbito del pensar, decidir y hacer en colectivo. “Bolsas de resistencia”, islotes de resistencia, de lo que se trata es de la búsqueda de caminos, de opciones, que posibiliten el hacer ahora, el resistir ya, cotidianamente, pero en el camino de una lucha de largo aliento por un nuevo mundo igualitario. La revolución, sin duda, cualquiera que sea la etiqueta, el nombre (el carácter) que se le añada, es verdad que es un tema que no puede dejar de plantearse en una perspectiva de largo plazo, en una visión estratégica de lucha, pero tampoco se le puede sobreponer como antaño en tanto objetivo articulador, pero lejano, inalcanzable. La resistencia no se puede tampoco sobreponer a la revolución,menos sustituirla, pero en cambio considero que el debate debe dirigirse a lo que los zapatistas señalan como caminos a construir y recorrer. Aquí habría que retomar y seguir más de cerca la fundación y desarrollo de los Caracoles y las JBG como intentos de construcción de gobiernos de base, sin burocracias profesionales, profundamente democráticos, en los que la representación cobra sentidos nuevos e inéditos y se reorganizan estructuras políticas y relaciones que devienen igualitarias. Incluso se están viendo obligados experimentar no sólo formas de gobierno efímeras, de rendición de cuentas, de rotación de cargos, etcétera, sino igualmente de aplicación de la legalidad (¡cuál?) en la solución de los conflictos intra y extra comunitarios[6]. Aparte de los debates y elaboraciones estimulados por el EZLN con sus propios aportes y no pocas provocaciones, lo más significativo es que igualmente se ha dirigido a alentar los procesos de resistencia y a reproducir los vínculos entre muy distintos sectores sociales, étnicos, políticos, culturales, etcétera, que atravesando a México, lo desbordan para alcanzar numerosos países. Desde un inicio, cuando la guerra estalló en enero de 1994, los zapatistas se “encontraron” con la sociedad (tan diversa, tan plural, tan tremendamente heterogénea) y se fueron transformando al calor de las relaciones, los vínculos, los intercambios y diálogos. Al hacer ésto, contribuyeron a transformar asimismo a la propia sociedad, a sus sectores sociales más críticos y activos que estaban o entraron igualmente en resistencia. Desde entonces, la estrategia de los zapatistas se encuentra articulada con los intereses, deseos, prácticas y perspectivas de “las sociedades civiles” que lo defendieron de la guerra de exterminio y lo cobijaron. El destino y organización del EZLN se vinculó primero circunstancial y enseguida deliberadamente al de la sociedad, sobre todo de todos aquellos núcleos sociales explotados, oprimidos, discriminados, perseguidos, condenados a la soledad y el abandono. La Marcha por la Dignidad Indígena, la Marcha de los Colores de la Tierra hacia la ciudad de México en el 2001 confirmó, en su largo recorrido en forma de caracol por diversos estados y ciudades mexicanas, la identificación, el compromiso, el vuelco de las “sociedades civiles” hacia los zapatistas, las esperanzas colectivas, mutitudinarias de los mexicanos y muchos visitantes (militantes, activistas, intelectuales) de diversos lugares del mundo por la propuesta novedosa y original del EZLN. De hecho, la estrategia del EZLN se formula y forma parte, ante todo, como los propios zapatistas lo señalan, de la organización de los pueblos[7], en su obrar para la construcción de su autonomía y de su autogobierno. Es una estrategia de resistencia duradera que se concibe y estructura como alternativa efectiva de organización de la sociedad y del establecimiento de nuevas relaciones sociales igualitarias y solidarias sin jerarquías ni mandos verticales. Obviamente parte y se realiza en las comunidades zapatistas bases de apoyo del EZLN, pero resulta estrecho y empobrecedor considerar que se trata únicamente de una propuesta o concepción local, regional, ni siquiera con el alcance de una perspectiva de carácter nacional. Los zapatistas, al contrario, se han preocupado por propugnar y estimular una perspectiva que se dirige a estructurar y hacer avanzar la autonomía, la autogestión y el autogobierno como formas de dar cauce a una nueva manera de pensar y hacer la política. Desde el principio, su crítica de la política institucional de las democracias realmente existentes (procedimentales, excluyentes, profesionales, retóricas) fue invariablemente acompañada de planteamientos sobre la necesidad de otra política, la política del oprimido, diría yo. Una política que se va construyendo bajo muy diversas vías por muchos lugares y para la que los zapatistas simplemente incorporan, ponen a consideración su propuesta, su experiencia. Política, por lo demás, que no puede sino descansar en la reactualización y reproducción de las solidaridades colectivas de los de abajo, siempre presentes, renovable, cambiantes, incluso cuando han sido disgregadas por la acción del neoliberalismo y sus jefes. Es justamente una de sus contribuciones más profundas y decisivas y, curiosamente, más incomprendidas y tergiversadas, interpretada incluso por algunos como despolitización, como abandono de la política y no como un intento de transformarla, de redefinirla, de restablecerle su sentido original ligado a la participación de la gente, de los ciudadanos titulares de derechos individuales, pero igualmente con identidades muy diversas y derechos colectivos específicos o generales irrenunciables, si bien menguados, socavados invariablemente por los de arriba y por los de enmedio (los partidos políticos, los representantes de todo pelaje). Donde se ve contradicción, incongruencia, los zapatistas observan y proponen articulación, conjunción, combinación. En el fondo, la estrategia política de los zapatistas consiste en construir no sólo los caminos de las resistencias múltiples que permitan transformar desde abajo la relación de fuerzas de por sí adversa, en la lucha por la defensa de la Humanidad amenazada por la dominación imperial reconstituida y contra el neoliberalismo que nadie pone en duda que es la cara actual del capitalismo. Pero, asimismo, la estrategia parte de una concepción libertaria que se sostiene en la lucha por la democracia radical, las libertades individuales y colectivas, la justicia y la igualdad y, sobre todo, en la construcción de las autonomías, la autogestión y el autogobierno de las comunidades y los pueblos, de las propias naciones amenazadas de extinción por el nuevo colonialismo que garantiza el orden mundial dominado por Estados Unidos. La estrategia política del EZLN, en fin, al construirse en caminos que atraviesan las distintas “sociedades civiles” (y yo precisaría: los sectores más críticos y en resistencia de la sociedad), contribuye a construir su legitimidad y la legitimidad del movimiento conociéndose y reconociendo al otro, su medio, las condiciones nacionales e internacionales, involucrándose, formando parte, añadiendo el hombro. Una estrategia libertaria, rebelde, que somete a crítica el mundo opresivo, discriminante y racista, un mundo segregador y excluyente, totalitario, destructivo y devastador, como una forma de ir construyendo como alternativa un mundo plural, solidario, igualitario, donde quepan muchas diversidades, otros mundos igualmente dignos y solidarios.

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